La Opinión - Mabel Rivera

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CINE > 2004

J0SÉ Mª CALLEJA

Tiene un ritmo en la narración que atrapa, la dosis exacta de ternura y la ironía necesaria para vivir. Además es una película hecha con cariño, con profesionalidad y con talento. Los actores, todos ellos, están expléndidos y la música consigue tener una personalidad propia y a la vez estar al servicio de subrayar la intensidad dramática o emotiva de lo que estamos viendo. Después de ver esta película es más posible que mucha gente mire de otra forma, más civilizada y respetuosa, a las personas con discapacidad. Dicho esto, me apresuro a dejar claro que no tengo ninguna relación familiar con Alejandro Amenábar, no le conozco, no he cruzado una palabra con el en mi vida; sencillamente estoy aún conmovido, dos días después de ver Mar adentro.

Utiliza Amenábar la ficción para mejor narrar la realidad, una fórmula compleja, más difícil, desde luego, que hacer un documental sobre lo que le ocurrió a un ciudadano que un buen día se tiró al agua para darse un chapuzón y se tronchó la vida. Esa faceta, de cómo el azar es inherente a nuestras vidas y las cambia, o amenaza con cambiarlas de continuo, planea por toda la película. Es posible que el azar, a base de darle vueltas en la cabeza, se convierta en destino o fatalidad para quien sufre su parte negativa e irreversible, y es seguro que esa rumia diaria, que permite la cárcel de la cama, ajena al ajetreo, es la que permite a Ramón volar de la cama al cielo, de la cama al mar, de la realidad a la ensoñación.



Ramón sería lúcido antes de partirse la vida, pero en su papel, parece como si nos quisiera decir que la lucidez no sólo es un don, también se puede entrenar uno en ella; sobre todo, si se tiene todo el día por delante para pensar.

Tiene Ramón en la película, y en la vida real, la cabeza perfectamente engrasada a base de tanto usarla y no pacta ni un poco con la comodidad que le supondría reclamar para sí una mirada paternalista o de conmiseración. Ramón no quiere dar pena ni se presta a que le enjareten discursos optimistas del tipo Viva la gente. No quiere que le pasen la mano por el lomo y aspira a que le quieran, pero sin hacerle la pelota.

El caso es que uno camina por la película con emoción, con lágrimas y con sonrisas; aunque esto, no se confundan, no tenga nada que ver con Julie Andrews. Uno mira la cinta siempre con respeto y comprende que Ramón, harto ya de estar harto, quiera desenchufarse de la vida que no es para él.

Dice el hermano y su cuñada -¡Que calidad humana en la vida real la de esta mujer, qué espléndida interpretación en la película!- que de haber estado legalizada la posibilidad de morir dignamente, cuando esa dignidad no se encuentra en la vida que uno lleva, Ramón estaría ahora vivo. Lo cierto es que las malas relaciones habituales entre la vida y la muerte nos agarran aquí por las solapas y nos obligan a decir algo concreto, partidario, sobre un asunto del que no solemos habar con pudor.

Me permito animarles a ver esta película llena de vida, que habla con tanto respeto de la muerte.

 
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