El País - Mabel Rivera

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TEATRO > 2009

C.S.I. Verona
EL PAÍS - 25-05-2009

Begoña Barrena

Un espacio en negro con garito para la portera. ¿Un almacén? ¿Un garaje? Da igual porque al final será un depósito de cadáveres. En este contexto abandonado, oscuro, puede que subterráneo, discurre el Romeo y Julieta del británico Will Keen. Tras el prólogo en boca de la portera, se oyen reyertas de fondo, voces, gritos y ambulancias. El enfrentamiento está servido. El príncipe de Verona se ve obligado a dar una rueda de prensa. No hay periodistas pero se oyen los flashes de las cámaras. Y los Montesco siguen las advertencias del príncipe por la radio, mientras comen en casa con Benvolio.

¡Qué buen arranque! A partir de ahí, los recursos escénicos se diluyen un tanto en favor de una cuidada disposición espacial de los intérpretes casi coreográfica. Y cada tanto todos a una hacen, a lo Pina Bausch, como si se deshincharan, como si les costara respirar en esta atmósfera que intuimos enmohecida. Con esta voluntad estética entran y salen con los elementos escenográficos que acotarán el espacio de cada acción. Y el ritmo es ágil, las escenas se solapan con una estudiada cadencia. Y en general están bien resueltas. La lucha entre Paris y Romeo hacia el final de la obra con Julieta de cuerpo presente -estamos ya en el depósito de cadáveres- es estupenda, a base de haces de luz que emanan de sus respectivas linternas. O, volviendo al principio, el cheque que Capuleto entrega a Paris mientras le invita a la fiesta que dará por la noche, aunque sólo sea un detalle, sirve para justificar la desatada ira del padre de la novia cuando ésta se niega a casarse con el pretendiente que aquél estima adecuado para ella. Otro acierto es que la misma pareja que interpreta a los Montesco se desdoble en los Capuleto pues tanto monta, su talante viene a ser equivalente.

El problema recae más bien en cómo se abordan algunos personajes. A excepción de Mabel Rivera, un ama que vale el montaje entero, qué divertida y qué tierna, y de los arranques de furia de Francisco Olmo como Montesco, el resto del reparto es de lo más irregular. Manuel Solo destaca como Mercucio y Pau Roca cumple como Benvolio y Paris, pero a menudo cuesta entender a Dritan Biba (Tebaldo y Fray Lorenzo) y Sonia Almarcha compone una Capuleto más cercana a la nueva rica que al rancio abolengo que se le supone.

Y entre la pareja protagonista, ni química ni física: ella, la televisiva Ruth Núñez, es una Julieta aniñada a la que sólo le falta el lazo en la cabeza para pasar por Alicia en el País de las Maravillas; con su voz nasal y su candor la exaltación de sus sentimientos se convierte en pataleta infantil, lo que no deja de ser un punto de vista, ya que representa a una joven de 13 años, pero su relación con Romeo es otra. Y él, el también televisivo Alejandro Tous, se acerca a Romeo como si fuera un chaval más de una de estas series en las que van todos al mismo instituto, una manera de hacer que en la pequeña pantalla convence poco y sobre el escenario, menos.

 
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